Viajes interdimensionales

Leí esto en un blog y me pareció bonito:

“Cuando te conviertes en un explorador de mundos cualquier octava puede alcanzar aquellas dimensiones que parecen invisibles y desapercibidas al observador desprovisto de esa ingenuidad y transparencia propia de la inocencia. Cuando hoy penetrábamos en los bosques y contemplábamos atónitos la singular belleza oceánica de estos lugares caíamos en la cuenta de que aquí la tierra parece preñada de magia y memoria ancestral. Duendes, fantasmas druidas, amuletos celtas, hadas del bosque, sinfonías de seres que pululaban por entre la espesa maleza vibrando en una canción de cuna deseosa de despertar o conectar con nuestro limitado mundo dimensional…

Los escritores están llenos de fantasías. Escriben relatos cargados de mito y magia a expensas de esa mirada que penetra cada árbol, cada seto, cada rincón cargado de musgo. Los ríos se convierten en brazos que abrazan la ternura del monte y los valles y la tenue neblina son puertas dimensionales donde penetrar al otro lado del espejo. Cada lugar, cada trozo de rama se convierten en puertas. La Puerta.

Y cuando salíamos del manto de magia notábamos que hay lugares cargados de una fuerza especial. Hasta sus límites, podíamos sentir la llamada del bosque, el alarido de las fuerzas que se concentran en los límites  de lo extraordinario. Es sorprendente como se pueden descifrar los símbolos que aparecen en el camino con un poco de visión, sentados sobre el silencio, el gran elemento de absorción que nos lleva de la mano hasta remotos lugares. Sin duda hay lugares que te empujan a la ensoñación, al despertar, al estímulo. Sin duda Este lugar es uno de ellos.

De repente nos vimos en la ciudad de Lug, un dios mítico celta o un “bosque sagrado” según quién examine la historia. Sea como sea, allí estaban los entregados a la causa, la hermandad que se reúne en silencio para perpetrar el reencuentro ante el fuego consagrado. El círculo se estrecha y las manos se juntan para crear la orden, la fraternidad de los hermanos del espíritu libre, que es así como ahora se llama a los fraters. Aquellos capaces de traspasar los límites de lo cotidiano para adentrarse en las penumbras hasta alcanzar la luz, lo extraordinario, al vasto Plan.

Las experiencias del viaje interdimensional provocan en el adepto un esponsor profético, un don de lenguas y un erudito porcentaje de irrealidad. Ingredientes suficientes para tejer la malla que hará posible cualquier sueño venido del sentir interior. La palabra perdida aparece y el verbo provoca la unificada reconexión con el plan galáctico. El vuelo mágico, lo llamaría Eliade. La memoria sumergida renace y el recuerdo fluye. Sí, empezamos a recordar, empezamos, por lo tanto, a reencontrarnos más allá de la amnesia y el sueño. Desde los albores de la humanidad hay un claro mandato: busca la llave que abre la Puerta. Y cuando esa puerta se abre, sólo cabe la magia de atravesar arrodillados y humildes el umbral que nos conduce a la estrecha senda. Hollar el sendero supone entregar la vida a esa causa, a ese mandato. Tenemos la Llave. Vemos la Puerta. Allá está el Umbral. ¡¡¡Arrodillémonos!!!”

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